Inflación, proteccionismo y seguridad alimentaria

La madre de todas las crisis es la alimentaria. Desde la antigüedad, las hambrunas y escasez de alimentos han estado al centro del auge y caída de las civilizaciones. Desde la antigua Mesopotamia hasta la moderna Ucrania, el control por los recursos vitales ha sido motivo de innumerables conflictos.  En sus primeros 100 días, el enfrentamiento entre fuerzas rusas y ucranianas ha transformado el entorno económico y político global.  Entre sus secuelas inmediatas, la guerra ha generado nuevas distorsiones en las cadenas de suministro de alimentos, que se agregan a las interrupciones de proveeduría global ocasionadas por la pandemia, propiciando niveles de inflación históricos. Sin embargo, la actual espiral inflacionaria y el aumento en los precios de alimentos también se atribuye a la implementación de medidas proteccionistas en el comercio internacional.

 

Desde que Rusia inició la guerra, 34 países han adoptado más de 100 restricciones a las exportaciones de alimentos y/o fertilizantes. Aunque algunas de estas medidas son de carácter temporal, sus repercusiones pueden agudizar y prolongar los efectos de la crisis. Ante la escasez de un bien, los gobiernos se ven tentados -algunos presionados- en prohibir su exportación o adoptar otro tipo de instrumentos restrictivos para controlar el suministro y/o la inflación. Esto representa un grave error. Si bien en el corto plazo estas acciones podrían contribuir parcialmente a la estabilización, invariablemente, reducir la oferta resulta en un aumento en los precios.  Cuando se trata de un país líder exportador, como es el caso de Rusia, China e India, incluso se genera un efecto multiplicador. De hecho, el aumento significativo en los precios del trigo, maíz y el arroz, se explica por los obstáculos comerciales efectuados por estos tres países. Ello nos ilustra la gran asimetría en la producción global de alimentos y la imperante necesidad de generar canales de suministro resilientes para su distribución.

 

Como respuesta a este desbalance, en México se ha planteado la necesidad de alcanzar la autosuficiencia alimentaria. Sin embargo este concepto no es más que ficción. La mayoría de los países necesitan de los mercados internacionales para alimentar a su población. Por ello, la solución debe ser a través de la cooperación internacional. La FAO estima que un tercio de las exportaciones agrícolas y alimentarias se comercializan a través de cadenas globales de valor. Esta idea contrasta con el viejo supuesto que las economías primarias no desencadenan en sistemas de integración comercial. Por consiguiente, una adecuada estrategia de seguridad alimentaria implicaría reconciliar a lo global con lo local. Como punto de partida, es indispensable promover políticas que garanticen el acceso a mercados e incentiven la facilitación del comercio. De acuerdo al Programa Mundial de Alimentos, a raíz de los efectos económicos de la guerra en Ucrania, al menos 13.3 millones de personas en América Latina podrían verse empujadas a la pobreza e inseguridad alimentaria. Una crisis de esta naturaleza requiere una respuesta coordinada por parte de la comunidad internacional. Repetirlo pareciera perogrullada: pero no solo lo funesto proviene del exterior, también las soluciones que permiten promover el desarrollo sostenible e integral de la población.

 

Artículo originalmente publicado para el suplemento «Una Mirada Global» de El Universal